Nadie sabía qué hacer con Andrea Pirlo. El chaval era pequeño, técnico e inteligente, un mediapunta de manual, lo que en Italia llamaban fantasista. Había debutado en la Serie A días después de cumplir 16 años con su club de siempre, el Brescia, y se le suponía un gran futuro. Pero se movía con demasiada lentitud en cuanto se acercaba al área, un lugar en el que el tiempo se acelera y todo ocurre deprisa. El Inter lo compró barato. A Marcello Lippi, el entrenador, no le sirvió y lo cedió un año al Reggina. Cuando Pirlo volvió al Inter, el nuevo entrenador, Marco Tardelli, tampoco le vio utilidad. Esta vez fue cedido a su club de origen, el Brescia, donde Carlo Mazzone, un zorro viejo, hizo un experimento raro: situó al chaval en el mediocentro defensivo, un puesto que el calcio solía reservar a tipos robustos y abnegados. Pirlo se rompió enseguida.
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