Iván Pedroso es muy callado, y cuando se le pregunta que por qué no habla, que por qué es tan callado, responde precisando, “no soy callado, soy reservado”. Y no puede evitar torcer el gesto cuando escucha, ahí al lado, a Yulimar Rojas convertida en un torrente de palabras incesante, incansable. “Tendremos que trabajar esto un poco también”, dice Pedroso, que no aprecia que en vísperas de un Mundial, su pupila, la perla venezolana del triple salto mundial, se sienta tan optimista y dicharachera, y hable de ganar y ganar y de todos sus sueños en alto, como si ya estuvieran ahí, fáciles. Pese a gestos y muecas, Pedroso entiende que la exuberancia es hija de la buena forma, que a un atleta que entra en estado de gracia no tiene sentido contradecirle. Mejor así, de todas maneras, que el año pasado, cuando Rojas hablaba menos, no reía ni bailaba, y apenas saltaba.
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