jeudi 5 septembre 2019

Ramos, goles, pitos y apuros

La inflamación anímica del Estadio Nacional de Bucarest generada con la marcha Despierta Rumano, entonada en las revueltas contra el dictador Nicolau Ceaucescu, y adoptada como himno oficial en 1990, fue sofocada por el arranque imponente de la España de Robert Moreno. La letra, que evoca en una estrofa al emperador romano Trajano, fue recitada con entusiasmo por los 50.000 rumanos que poblaban las gradas. Las bengalas que humeaban desde el fondo en el que atacó España de salida cargaron aún más un ambiente que se descomprimió con el chaparrón de fútbol y ocasiones con el que la Roja hizo acto de presencia. En menos de 15 minutos, Alcácer en dos ocasiones, un cabezazo de Ramos y un disparo a bote pronto de Jordi Alba encumbraron el portero rumano Tatarusanu. Con el cuerpo, por colocación, con el pie o con manos duras, el guardameta del Lyon, cuestionado en las horas previas ante la pujanza del novel Radu, se convirtió en símbolo de la resistencia local.

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