Los deportistas mexicanos viven una paradoja: no reciben dinero de su Gobierno hasta que no acreditan su desempeño con una medalla. Sus inicios en las disciplinas deportivas, en las que deben ser arropados y potenciados, son duras pruebas de resistencia físicas y emocionales. Algunos compiten huérfanos de estímulos. Eso ha causado que un grupo de ellos se haya enlistado por las Fuerzas Armadas y que otros se aferren al respaldo de patrocinadores privados. Pero el secreto del promisorio crecimiento de México está en las universidades de Estados Unidos, potencia en los deportes que ha reclutado y forjado a los talentos tricolores del mañana.
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