Parecían dos bólidos chocando ruedas en la misma trazada en la última curva de un gran premio de fórmula uno. Después de nadar más de 9.900 metros en las verdosas aguas del Mar de China Oriental, solo había espacio para un cuerpo en el canal imaginario que conducía en línea recta a la meta del puerto de Yeosu, en el maratón del Mundial de Natación. A por esos centímetros de agua se lanzaron Florian Wellbrock y Marc-Antoine Olivier como dos hermanos gemelos. Jóvenes, abstraídos en su mecánica labor, germanos, rubios, narigones, pálidos, longilíneos. Wellbrock, el alemán, de brazada rítmica, equilibrado, magníficamente dotado para deslizarse con el máximo ahorro energético; Olivier, el francés, impetuoso, de brazada acelerada, menos coordinado pero empeñado en hacerse con la mejor posición. Se batieron pegados durante los últimos 50 metros, propinándose codazos y manotazos. Llegaron a la meta igualados. Wellbrock tocó el panel en una hora 47m 55,9s y Olivier dos décimas de segundo después, en una hora 47m 56,1s. Fueron los 10 kilómetros más rápidos de la historia combinada de los Mundiales y los Juegos Olímpicos.
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