Cuando salen, los aspirantes a asesinos son pura ternura, niños que suspiran por su familia. La testosterona aún no le ha subido a Julian Alaphilippe, el maillot amarillo, que ve a su padre esperándole a la puerta del autobús y se queda de piedra. No se lo esperaba. Jacques Jo Alaphilippe, músico y director de orquestinas, le espera en la silla de ruedas en la que le ha postrado una enfermedad degenerativa. Ha viajado dos horas y media el 14 de julio para darle una sorpresa a su hija, plena vitalidad, y solista de batería de vez en cuando, que le besa y le abraza, y recuerda cuando él era también puro vigor.
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