Todo comenzó con una frase desafiante. Era 1919, los ases franceses eran los hermanos Pelissier, hijos de un padre colérico, propietario de la Vaquería de la Esperanza en la Rue Mesnil, en el centro de París. Jean, el mayor, había fallecido en la Guerra Mundial; Francis cayó herido de gravedad. Recibió la cruz de guerra y un telegrama de Henri: «Cuando llegue el día de la revancha / no podremos flaquear / Los ciclistas, nuevos soldados / serán los primeros en el combate /Para nosotros la bayoneta / será nuestra bicicleta».
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