lundi 15 juillet 2019

El incalculable valor de un mundo que se acaba

Wimbledon se cerró con la brillante final que disputaron Djokovic y Federer, un clásico dentro del más clásico de los torneos, el único del Grand Slam que se juega en hierba, circunstancia que debería penalizarle, pero de la que se aprovecha en un eficaz ejercicio que combina la astucia comercial y un relato distintivo en un universo homogéneo, sin aristas. Wimbledon es la delicatesen de la tradición en la época de las grandes superficies. Sabe vender al gran público un producto destinado a las minorías, si de eso se trata jugar sobre un terreno que casi ha desaparecido en el tenis.
No siempre fue así. Hasta 1974, tres de los cuatros principales torneos del circuito —Open de Estados Unidos, Open de Australia y Wimbledon— se disputaban en la hierba. Sólo Roland Garros se escapaba a la norma, aunque adelantaba el futuro. El tenis se jugaría en pistas de cemento o sobre tierra batida, no sobre una superficie cara, difícil de cuidar, irregular con el paso de los partidos, nada favorable al despliegue de habilidades, tan propiciadas por la televisión desde su desembarco global en los años 70.

Seguir leyendo.



source Portada de Deportes | EL PAÍS https://ift.tt/2lAj4cL

Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire