Hubo una época en el fútbol español donde lo grotesco se impuso a lo sensato por una mera cuestión estética, como si la desfiguración de sus actores formara parte de un plan maestro para entretenernos más allá de los noventa minutos reglamentarios. España miraba al deporte rey con una fijación inaudita, casi enfermiza: las tiradas de los principales diarios deportivos se contaban por millones y los programas de radio especializados mantenían nuestra curiosidad despierta hasta altas horas de la madrugada. En ese caldo de expectación constante brilló con luz propia Jesús Gil, el más caricaturesco de todos cuantos conformaron aquella fauna canallesca y explosiva que copaba los palcos de los estadios. Sin duda alguna, él fue quien más se acercó a lo que Armando Discepolo, el gran referente del teatro grotesco criollo, solía explicar de sus personajes: “Los crea mi piedad pero riendo, porque al reconocerles la pequeñez de sus destinos me parece absurda la enormidad de sus pretensiones”.
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