Rahm es otro Rahm. Con el mismo talento de siempre, la misma energía inmensa en su interior, pero mucho más hecho, más jugador, sobre todo muchísimo más maduro de cabeza, la herramienta que diferencia a los buenos de los mejores. Solo así se entiende su reacción a lo grande en la segunda jornada del US Open después de un inicio de ronda que hace no tanto hubiera sacado a pasear todos sus demonios. No hace mucho que Rahm dejaba fluir todas sus emociones en un campo de golf, principalmente las malas. A un mal momento podía seguir el tirar el palo al suelo o estamparlo contra la bolsa, además de algún que otro juramento en arameo. Ya no. Hoy Jon Rahm ha metabolizado que el golf es superar esos baches apretando los dientes y teniendo a la bestia bajo control. Dos bogeys en los tres primeros hoyos en el US Open eran la prueba de ello. Y la superó.
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