El fútbol cada tanto se da un paseo por su tierra preferida. No lo inventaron, pero lo juegan como nadie. No lo propagan, pero no existe un mejor embajador. El fútbol vuelve a Brasil, pentacampeón del mundo, octacampeón del América, ganador del Oro Olímpico. No hay trofeo que se le resista a la Canarinha. La resistencia, sin embargo, nace en una parte de la sociedad, de nuevo en llamas en la víspera de un gran evento deportivo. Si en la previa del Mundial 2014 las protestas por mejoras salariales llevaron a enfrentamientos de manifestantes con la policía, antes de Río en 2016 los duros reproches contra el gobierno se amparaban en los problemas en el transporte, la seguridad y en las obras atrasadas pusieron en jaque la paz en los Juegos. Algo no cambia en Brasil, gobierne Dilma Rousseff o Jair Bolsonaro, no hay balón que eclipse las heridas sociales ni copa que funcione de placebo. Los principales sindicatos convocaron un paro general para este viernes, justo el día que la Canarinha abre la Copa América ante Bolivia.
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