Más pendientes de la opinión pública que de su propio criterio, la mayoría de los presidentes de los grandes clubes de Europa solo fichan entrenadores avalados por resultados exitosos recientes. No es el caso de John W. Henry, el propietario del Liverpool que en el verano de 2015 decidió fichar a un perdedor. El elegido venía de clasificar a un potente Borussia Dortmund en séptima posición de la Bundesliga después de rozar el descenso; había perdido las últimas cuatro finales coperas disputadas y sus jefes no dejaban de criticarle cada vez que pisaban un palco. Cuando sus homólogos, interesados en contratar un técnico, le preguntaban por su entrenador, el presidente borussier Reinhard Rauball respondía, según diversos agentes, que se trataba de un tipo complicado, de carácter explosivo y afán controlador. El hombre en cuestión se llamaba Jürgen Klopp y estaba a punto de recibir la oferta de su vida.
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