Neymar se arrodilló y no pudo contener las lágrimas. Messi repartía abrazos y sonrisas al tiempo que Piqué clavó en el centro del campo una bandera que era mitad senyera, mitad azulgrana. Era el 6 de junio de 2015 y el Barça, tras cuatro años de sequía y de transición, pues se marchó Guardiola y el juego perdió parte de su esencia, volvía a reinar en Europa tras descabalgar a la Juventus en la final y encontrar un híbrido entre la posesión y las contras que desembocaba en el tridente ofensivo (Neymar, Suárez y Messi), un arma de destrucción masiva. Ahora, sin embargo, y pasados otros cuatro años del último cetro europeo, el Barça no ha sido capaz de recomponer su fútbol e ideario. Sí que le alcanza para gobernar con pie de hierro en LaLiga y para mantenerse como el adalid copero pues suma cuatro laureles consecutivos. Pero en Europa no manda, sino que simplemente aspira. No se impone, sino que sucumbe. Entre otras cosas porque desde la foto de Berlín, el equipo no mejora en nombres ni juego.
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