Provistos de banderas y fotografías, prestos a hablar con cualquier periodista que les inquiriese, una decena de aficionados del Oporto guardaban vigilia ante el hospital en el que descansa Iker Casillas. Hace falta tener voluntad para acudir hasta allí, en una transitada carretera de circunvalación próxima a la zona portuaria de Matosinhos, lugar de paso, pero no de estacionamiento, poco amable para recibir visitantes. “En España seguro que fue una conmoción, pero aquí no se crea que fue menos. Casillas es uno de los nuestros”, explicaba un hombre de avanzada edad, portista y portuense. Una nube de cámaras y unidades se agolparon durante la jornada en la mediana de la vía. Todo se alteró a media tarde, cuando un todoterreno plateado se dirigió al estacionamiento subterráneo del Hospital CUF Porto. Conducía Sara Carbonero, la esposa del futbolista ingresado allí tras sufrir un infarto agudo de miocardio. La periodista atendió entre amable y azorada. En el asiento trasero llevaba a sus dos hijos. Casillas quería pasar un rato con ellos. “No puedo decir mucho, Ya hablará él cuando salga. Está todo bien y él está muy tranquilo. Está controlado. Se quedará unos días hasta que digan los médicos”, apuntó Carbonero.
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