Antes de la llegada de las sociedades anónimas deportivas, ser presidente de un equipo de fútbol era otra cosa. Para llegar al palco, había que ganar unas elecciones, lo que de alguna manera obligaba a tener un proyecto. Y también era necesario contar con la aprobación de las fuerzas vivas de la comunidad –políticas, empresariales, militares o eclesiásticas–, que ya se sabe que en el balompié da igual que se trate de un club o de una empresa: si la pelota da en el poste y sale, será necesario contar con algún apoyo que compense el cabreo del aficionado.
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