El Paris Saint Germain ganó ayer su octava liga francesa. Sin fiesta. Sin competir. Mientras sus jugadores descansaban tras la comida en el hotel de concentración, mirando por televisión el 0-0 del Lille en Toulouse. Por pura decantación aritmética: el Lille, segundo clasificado ahora, 17º al término de la temporada pasada, sumaba 17 puntos menos a falta de seis jornadas. El desenlace estaba cantado. En sintonía con la languidez de un campeonato que no contribuye a darle filo competitivo a la plantilla más opulenta de Europa. Un ramillete de estrellas cuya vida en Francia resulta tan dulce —dentro y fuera del campo de juego— que cada vez tienen más dificultades para eludir la sensación general de que son los mejores, se esfuercen mucho o nada. El caso de Kylian Mbappé es sintomático.
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