El pregonero del fútbol emocional, de la ausencia de pausas, de la presión como punto de apoyo para un ataque masivo, tiene una liturgia tras las victorias, la de encararse con sus aficionados y lanzarles tres puñetazos al aire a modo de arenga e indicación de que nada se para, de que el Liverpool es un martillo y no se va a detener. Ahora, que alguien vaya a decirle a Jürgen Klopp que debe dejar de ganar algo para alcanzar al menos un objetivo.
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