El sábado murió Sertucha, que jugó en el Athletic en los años sesenta. Fue el último futbolista a la antigua, de los que jugaban con un pañuelo anudado a la cabeza, reminiscencias de los balones pétreos, que pesaban el doble al acabar el partido, después de caer en todos los charcos de campos impracticables. Ya no hay charcos, ni balones de piedra, la hierba mide tres centímetros y los directores de LaLiga, que son los hombres de negro del fútbol moderno, implacables con su tablet, impiden con una mirada que crezca más.
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