En Rosario, las cosas se hacen a lo grande. Para lo bueno y para lo malo. Como aquí hablamos mayormente de fútbol, empecemos por los estadios. El de Central es llamado El Gigante. El de Newell’s, El Coloso. ¿Quién supera eso? No hace falta recordar la intensidad con que se detestan los canallas de Central y los leprosos de Newell’s: ningún derbi argentino alcanza el nivel de paroxismo que se vive en Rosario. El canalla Roberto Fontanarrosa, el celebérrimo Negro,autor de los mejores textos sobre fútbol que ha producido la humanidad (puestos en exageraciones rosarinas, creo que la anterior afirmación resulta al menos defendible), afirmaba que la afición de Central era más ruidosa y pasional por los humildes orígenes obreros y ferroviarios del club, mientras que la de Newell’s (o Ñuls), por nacer el club en una selecta escuela anglicana, gritaba un poco más bajo y se tomaba las cosas más filosóficamente. Escuchadas una y otra, uno no sabría qué decir. Ambas revientan el contador de decibelios.
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