Viendo a Messi juguetear con Phil Jones reparé en que era eso, precisamente, lo que la vida lleva haciendo conmigo desde que tengo uso de razón. Al argentino, de vez en cuando, se le antoja entregar a un defensa en pomposo sacrificio y esta vez le tocó al de Preston, pobre soldadito inglés. Algo debió de intuir Jones sobre el trágico destino que aguardaba porque lo vimos saltar al campo con la cabeza fajada, previsor hasta el punto de colocarse la venda antes que la herida. Y algo especial debió de ver Messi en él para concederle un lugar preferente en esa videoteca prodigiosa que repasaremos sin cesar cuando ya no esté. “Salís en todas las fotos”, le concedió un buen día a Pepe, que de tanto perseguirlo terminó cogiéndole hasta cariño. Pertenece el portugués, como el propio Jones, Boateng, Ramos y tantos otros, a ese selecto club de los doblemente agraviados: futbolistas obligados a sentir el peso de Messi y de la vida al mismo tiempo, como si no hubiera suficiente castigo en tener que afrontarlos por separado.
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