En el Juventus Stadium, Simeone y sus futbolistas cayeron abrazados a su fe. El estilo que tanto les ha dado y también que tanto les ha quitado. En la forma, no se puede decir que el Atlético no fuera el Atlético en Turín. Renunció a la pelota (38% de posesión y 248 pases buenos para los rojiblancos por un 62% y 453 de los juventinos), se entregó a su creencia en la fortaleza defensiva y a la ventaja de dos goles que traía de Madrid. El dogmatismo en ese estilo, inoculado en todos los estamentos del club, desde el vértice institucional de la moqueta hasta la base que pisa la hierba, como el credo innegociable e incuestionable, perdió al Atlético por 3-0. Incapaz su entrenador de ordenar un cambio de plan ante las evidencias que ofrecía el partido. Su principal argumento, los balones a Morata sobre los que luego se debía tejer la salida del equipo, quedó anulado desde la primera patada en largo de Oblak. El primer pase de la Juve fue casi siempre el saque del meta esloveno. Solo cinco remates visitantes por 16 de los locales.
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