Estaba tranquilamente en casa el pasado martes, eran las diez y media de la noche y, como tenemos la absurda costumbre de no desconectar los dichosos móviles, me encontré leyendo una provocadora pregunta con la guardia baja; “Oye, ¿me quieres explicar esta nueva afición de Pepu?”. Los que hemos convivido con él sabemos que siempre ha sido aficionado al tabaco negro, lo que asociado a su barba de toda la vida, a sus habituales gafas de sol y a lo que, en definitiva, el maestro Antoñete hubiera identificado como su probada capacidad de sentarse en entrenador (“jamás olvidaré esa orden del veterano aficionado en la Plaza de Las Ventas —contaba el maestro—, frente a la absurda protesta de un recién llegado; ¡si quiere usted opinar aquí, aprenda primero a sentarse en torero”), en definitiva, decía, le han procurado una de las biografías más reconocidas en nuestro baloncesto. ¿En qué andaría esta vez nuestro campeón del mundo? A los diez minutos del primer mensaje, varios conocidos ya querían meterme de lleno en el partido, pese a lo alejado de las reglas del juego verdaderamente deportivo que uno intuye en la política.
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