El Alavés volvió a ser quien era y recuperó el color en medio de un ambiente extraño, casi a puerta cerrada los primeros cinco minutos de tribunas vacías, con un ataúd –de atrezzo– recorriendo el perímetro de las gradas los veinte siguientes, y la afición cantando el gorigori y empuñando las linternas de los móviles a modo de candelas funerarias.
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