A Rodrigo Corrales le gustaba el salmón marinado al horno que preparaba algún fin de semana Gonzalo Pérez de Vargas en el piso que ambos compartían en Barcelona, el cocinillas de la casa cuando no iban al comedor de La Masia. Los dos se habían ido a vivir juntos tras pasar varios años en la residencia Blume cuando ficharon de adolescentes por la cantera azulgrana. El primero había llegado de Vigo y el segundo, de Toledo. El balonmano y la convivencia les había unido y, desde entonces, han seguido caminos casi idénticos. Los dos son en este Mundial los encargados de echar el último cerrojo a la portería de España.
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