Con muy poquito, Karolina Pliskova es capaz de hacer un gran roto. Juega la checa con una aparente apatía, pero cada una de esas maniobras sofisticadas esconde una dosis de veneno que a poco que se inyecte ya no hay marcha atrás: si el aguijonazo alcanza su destino, a nada que sea medianamente certero, la suerte coge un rumbo irremediable. Y le ocurrió a Garbiñe Muguruza, que peleó a duras penas para voltear un destino decidido en cuanto su rival tomó las riendas y emprendió el ataque: decidido y sigiloso, definitivo. 6-3 y 6-1, en una hora exacta de juego, y la hispano-venezolana dijo adiós a Melbourne en los octavos.
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