Detrás del soniquete monótono que desprende su acento scottish y de esa apariencia de autocontrol permanente, Andy Murray esconde una fiera. Un carácter rudo e incontenible que después de una infancia salpicada por la tragedia solo pudo ser reconducido por la intervención de dos personas: una, su madre Judy, entrenadora en sus inicios y asesora en cualquier circunstancia; la otra, Ivan Lendl, el técnico al que alguien le robó algún día la sonrisa, una persona tan pétrea y volcánica a la vez como el británico, quien ayer, justo antes de competir en Melbourne, anunció el punto final a su carrera porque ya no resiste al dolor y dice no reconocerse sobre la pista.
source Portada de Deportes | EL PAÍS http://bit.ly/2H3QE54
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire