Las radios de la policía no paraban de sonar. Entonces, emergió una incómoda tensión en la Calle del Padre Damián. Se acordonó a los aficionados tras una valla de seguridad y el silencio se apoderó de los seguidores, más curiosos que expectantes, mientras de fondo se escuchaban a los aficionados más ruidosos. Lejos, en cualquier caso, de donde estaba la acción. Sin riesgo, apareció el autocar de River Plate por la orilla del Santiago Bernabéu y fue imposible no contagiarse con la emoción de los muchachos de Marcelo Gallardo que saltaban, golpeaban las ventanillas y cantaban. “¡Vamos River!”, se despertó la hinchada. Chamartín, sin embargo, no es Núñez.
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