La tarde del partido de más fuste en el Bernabéu desde la final del Mundial de 1982, su propietario, el Real Madrid, se encontró estrenando El Alcoraz, el segundo estadio más pequeño de LaLiga. Mientras la capital se agitaba con el que pretendía ser el intento definitivo de dilucidar la Libertadores, el tercero, los blancos jugaban por primera vez un partido oficial contra el Huesca, el colista del campeonato. El sorpresivo cruce en el calendario, producto de la inigualable capacidad de asombro y desconcierto del fútbol argentino, no podía mezclar extremos más distintos en la institución madridista. Su hogar de la Castellana se disponía a albergar un atracón de historia, de primeras veces grandilocuentes, mientras sus futbolistas salían a otro campo, a 330 kilómetros de allí, con el objetivo de que esa primera visita suya a Huesca quedara con el tiempo como mera casilla de archivo documental de Excel. Buscaba algo de apariencia funcionarial: tres puntos para no descolgarse en el campeonato en un paraje barrido por el viento. Y cerca estuvo de estrellarse, en un partido que acabó encerrado en su área bombardeada por el Huesca, que mereció llevarse más de una visita que para ellos sí era la de más fuste hasta el momento.
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