Masticaba Novak Djokovic los dátiles como si no hubiera un mañana. Para entonces ya tenía cara de muy pocos amigos, de que no veía el asunto nada claro y de que probablemente ayer no era su día. Y no lo era. Nole estaba en lo cierto. La gloria, merecida, fue para el joven Alexander Zverev, que después de un cierre feo la noche anterior, cuando había sido abucheado por la grada del O2 de Londres por interrumpir un punto durante la semifinal contra Roger Federer, salió a la pista con ganas de reventar todos los pronósticos y demostrar que ya está para grandes labores. Por ejemplo, para tumbar al número uno (6-4 y 6-3, en 1h 21m) y adjudicarse por primera vez la Copa de Maestros, su mayor conquista hasta ahora.
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