En peligro. Yo era jugador y estaba en Bogotá concentrado con la selección argentina. En el lobby del hotel hablaba animadamente con un amigo que, de pronto, enmudeció con la vista clavada en una escalera. “Mirá a Daniel”, me dijo, “nadie baja las escaleras como él”. Capitán de la primera selección argentina campeona del mundo, Daniel Passarella expiraba una autoridad de capo mafioso. Quedan muy pocos de esta especie, ninguno como Sergio Ramos. Los grandes líderes tienen una seguridad que, de un modo que desconozco, la mente le transmite al cuerpo. Sergio entra al vestuario como si el Real Madrid le perteneciera y al campo como si hubiera inventado el fútbol. El club le acusa de mandar en exceso y los rivales de pegar en exceso. Pero cuando los normales se esconden, él desafía al mundo con un Panenka. Su manera de decirnos que el líder, ese ideal remoto como un animal mitológico, aún existe.
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