Felipe Muñoz estaba advertido. No podía acercarse a las asambleas de estudiantes que se empezaban a gestar en el verano de 1968 en Ciudad de México, entonces Distrito Federal. “Ni se te ocurra salir a manifestarte o acompañar a tus amigos porque tú estás arriesgando más”, le decía la directora de una de las preparatoritas clave en el movimiento estudiantil mexicano. Tuvo que obedecer, no le quedó de otra porque para ese año se había preparado para competir en la prueba de los 200 metros pecho. A sus 17 años, creía, no había alguien más afortunado por la oportunidad y también más aturdido porque 10 días antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos miembros del Ejército masacraron entre 150 y 200 jóvenes, según un informe desclasificado de la Embajada de Estados Unidos. La cifra oscila, no obstante, según las versiones. El idilio de competir en casa parecía esfumarse.
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