Siempre he asociado lo que viví aquella tarde en el estadio Olímpico de México con un comentario que, años después y referido a otras cuestiones, le escuché al publicista Lluis Bassats: “¿Se imagina un producto que no solo sea novedoso, sino que acabe con la competencia de un plumazo?”. Ese producto ha existido y lo vi frente a mí durante más de tres horas. Se llamaba Dick Fosbury y apenas teníamos noticias suyas. Semanas antes de los Juegos Olímpicos, me habían mostrado unas imágenes suyas en una moviola. Me resultaron intrigantes, pero no comprendí el alcance de su revolución hasta el 19 de octubre de 1968, fecha de la final del salto de altura.
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