Llegó un día en que si las cosas eran lo que parecían nos creíamos ligeramente defraudados. Nos sentíamos como si acabasen de decirnos algo que ya sabíamos, y obvio. Menudo atraco. Nos merecíamos eso que se llama «la sorpresa final», en la que, de repente, las certezas quedan en suspenso y lo inventado apunta a la posibilidad de que en el fondo no lo sea. Se supone que no puedes imaginarte que las cosas resulten ser de cierto modo, y eso dispara su encanto. Teníamos derecho a que las historias, en el momento de acabar, nos dejasen con la boca abierta. El boquiabierto es alguien felizmente engañado.
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