Sucede cada dos años. Da igual que sea en Estados Unidos o en Europa. Durante tres días, los mejores golfistas del mundo se visten para la guerra. Abandonan entonces ese mundo individual en el que viven —el golf al fin y al cabo es un deporte en el que uno juega muchas veces contra sí mismo— y se ponen orgullosos la camiseta de su equipo. Como si, durante ese breve instante, lo suyo no fuera el golf sino el fútbol. Es la Ryder Cup, la competición que tiene una mayor repercusión global después de los Juegos Olímpicos y del Mundial de fútbol. La lucha bienal entre estadounidenses y europeos para dirimir quién ríe y quién llora. No hay ni un dólar, ni un euro en juego. Nadie cobra por alistarse. Es más que eso. Es pasión, es sentimiento. “Vivo para la Ryder Cup”, decía el inglés Ian Poulter, uno de los mejores herederos de la sangre caliente que Seve Ballesteros inyectó en la tropa. “Los europeos deberían ser nuestro caddies”, solía burlarse el recordado Payne Stewart.
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