A Messi se le ha puesto cara de Champions, obsesionado como está con la “linda” Copa de Europa, eliminado su equipo reiteradamente desde que alcanzó la cima en Berlín 2015, revolcado la temporada pasada en Roma. El fin justifica los medios y se impone por tanto mirar a las porterías más que al campo, incluso en partidos aparentemente sencillos como el que le enfrentó a un buen PSV. La voracidad del argentino acabó con el aseado fútbol del primaveral equipo de Van Bommel. La experiencia fue decisiva en un encuentro abierto y disputado hasta que el talentoso Dembélé puso ya pasada la hora del encuentro el 2-0. Las figuras marcaron los goles y la diferencia en un tibio Camp Nou.
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