A la media hora de partido, de su puesta de largo en el Emirates como entrenador del Arsenal, Unai Emery ya buscaba soluciones a problemas. De pie, con la mano sobre la boca llamó a varios de sus hombres hacia el área técnica para tratar de ofrecerles herramientas que les atornillasen al partido. El revolcón era serio, pero el marcador escueto. Al descanso el Arsenal se fue con la agridulce sensación de estar superado y al tiempo en el partido. Camino de la hora quien empezaba a incomodarse era el Manchester City, apurado porque un partido que debía tener en el bolsillo empezaba a estar en disputa. Ese fue el momento del Arsenal, apenas dos o tres minutos, un par de robos de balón en zona sensible y, sobre todo, un intento de Lacazette que se fue cerca del palo de la meta de Ederson, que apenas se había tenido que emplear hasta entonces. Tampoco después. Fue un visto y no visto. De inmediato Agüero, de los pocos que no se entonó en el City, dejó pasar la sentencia. En la acción siguiente la encontró Bernardo Silva.
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