Es difícil irse de un sitio a la hora perfecta. Casi siempre esa hora llega un poco antes de que uno se dé cuenta, y cuando lo advierte, ya no es tan perfecta. No tiene nada de raro. Los finales imperfectos, teñidos con un pequeño revés, son los más utilizados. Casi todas las vidas tienen uno. También la de Fernando Alonso en la Fórmula 1, que en la persecución de su tercer título mundial consumió más de diez años de esfuerzos y frustraciones, y al final se le escapó. Es muy humano aspirar a que tu relato se adorne con una última gesta. No conseguirlo es quizá más humano aún. Estamos tan acostumbrados a que un campeón aspire a seguir siéndolo que a veces vemos cómo persigue sombras. En una trayectoria menos laureado, pero culminada con un final redondo, Nico Rosberg buscó el título de campeón, y cuando al cabo de los años lo encontró, cerró el círculo y no insistió más. Levantó el campeonato y se retiró, sorteando el peligro que el círculo se convirtiese en una espiral.
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