Finalmente, a los 26 años, Fernando Carro está donde siempre había querido estar, y siente vértigo, como quien se monta en la montaña rusa y maldice por haberse atrevido a hacerlo mirando con envidia a los que en el suelo no vuelan, y luego exulta feliz por haberlo hecho, y por experimentar la felicidad de la adrenalina.
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