Cuando Robert Fernández, exsecretario técnico del Barcelona, decidió fichar a Paulinho en el verano pasado fue porque entendió que ofrecía lo que le faltaba al equipo en la medular: físico, despliegue y llegada desde la segunda línea. La idea se basaba en ese Barça, en el que jugaban Neymar, Luis Suárez y Messi, y que se desplegaba a la contra y con pocos toques y menos adornos en la medular. Las críticas fueron feroces porque no se alcanzaba a entender cómo un futbolista que jugaba en una liga menor como la China podía ser el recambio que necesitaba el plantel. “En el Barcelona nos ponemos la venda antes de ver la herida”, lamentó entonces el técnico Ernesto Valverde. Un mes más tarde, sin embargo, la opinión era diametralmente opuesta porque el brasileño no solo tenía gol –logró nueve dianas y tres asistencias en la Liga- sino que se entendía de maravilla con Messi tanto dentro como fuera del campo. Ahora, sin embargo, Paulinho, de 30 años, ya tiene el billete de vuelta a China, al mismo Guangzhou Evergrande que le traspasó hace un curso por 40 millones. Entre otras cosas porque la entidad china pagará 50 millones al Barça por el traspaso, además de subirle la ficha al jugador de forma notoria.
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