En una tarde de las que no se olvidan, la imagen sintetiza un torbellino de emociones: Juan Martín del Potro atizándole a la bola como si no hubiera un mañana, zarandeando a Rafael Nadal de un lado a otro y llamándole constantemente a la victoria. La volea del argentino va escorándose hasta escaparse del ángulo de las cámaras, pero el número uno no renuncia. En ese momento, equilibrio de fuerzas. Dos sets iguales y todo abierto, cuando las agujas del reloj ya han superado las cuatro horas de pulso. El mallorquín, en trance, activa el turbo y persigue esa pelota imposible que finalmente termina en la grada. Nadal, el irreductible Nadal, no la caza y acaba sorteando el vallado antes de aterrizar sobre dos espectadores. Pierde el punto, pero en ese momento gana el partido. Del Potro asiste y no se resigna, de ninguna manera, pero en ese instante ya sabe cuál será su destino.
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