Sin la gran aristocracia del fútbol presente, descarriadas Brasil, Argentina y Alemania mucho antes de lo esperado, el Mundial más desclasado que se recuerda ha deparado una final que escenificará el enfrentamiento entre la Europa de las dos velocidades. Francia y Croacia dirimen este domingo (17.00, Telecinco) en Moscú quién ostentará durante los próximos cuatro años la corona del fútbol mundial. Una potencia económica, política y deportiva como la francesa, un país con un Producto Interior Bruto (PIB) de 2,3 billones de euros y 67 millones de habitantes, frente al milagro croata, 49.000 millones de euros de PIB y 4,1 millones de habitantes. El fútbol de nuevo como elemento democratizador que brinda al David de turno la ocasión de hacerle doblar la rodilla a Goliath. La igualdad que emana de la pelota como objeto al alcance de todas las clases sociales aún permite, aunque cada vez menos, que el dinero no sea el mayor garante del resultado de una final. Por primera vez en la historia, unas semifinales del Mundial se disputaron sin Brasil, Alemania ni Argentina, síntoma de la caída de estos gigantes y del ascenso de la clase media.
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