Había un Mundial de fútbol en marcha y se hablaba de dopaje. Nada era muy distinto hace 20 años, cuando comenzó en Dublín el Tour. Lo ganó Marco Pantani en una etapa de alta montaña con una ataque único en el Galibier que aún se recuerda. Corría con un equipo que más era una banda, siempre a cola del pelotón, como indiferente. Pantani tardó en regresar al Tour y cuando lo hizo, dos años después, una descalificación por dopaje y un tormento después, fue aclamado. Era el antiArmstrong, la cara humana del ciclismo, la poesía del sudor y el esfuerzo sobrehumano. A Lance Armstrong, que no tenía un equipo sino un ejército implacable y era invencible, acabaron insultándolo y escupiéndolo antes, bastante antes, de que su confesión por dopaje destruyera su personaje ciclista.
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