Iluminada por unas luces moradas y verdes, Venus Williams empuña un micrófono y dice: “Es una pena que los campeones ya no estén obligados a bailar”. Es julio de 2008, y en el hotel Intercontinental de Park Lane (Londres) se celebra una exclusiva cena de etiqueta para los socios del club de Wimbledon y los ganadores del torneo en todas sus categorías. Rafael Nadal llega de madrugada. Desmelenado, una pajarita atrapa el cuello del campeón de 22 años. El mallorquín acaba de ganarle a Roger Federer la final más larga de la historia (4h 48m), y no está para bailes. Más de 40 años después del triunfo de Manuel Santana, un español ha vuelto a conquistar el título masculino en el templo de la hierba.
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