Mientras Brasil estira el enésimo debate entre identidad y evolución tras su desencanto en Rusia, un pájaro raro vuela desde Porto Alegre a Barcelona para intentar sembrar en Europa la raíz de su fútbol intemporal. Arthur Melo es una singularidad. Casi una extravagancia en el ecosistema futbolístico brasileño, que en los últimos años ha parido escasos centrocampistas integrales de calidad. Ningún volante en la liga brasileña concibe el juego en 360 grados como lo hace Arthur, un experto a la hora de perfilarse, recibir el balón, girar y dictar el sentido y el ritmo de la jugada con simplicidad y precisión.
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