Hay una señal inequívoca de que la cosa no marcha bien. Cuando Roger Federer se retira con el dedo índice la única lágrima de sudor que recorre su mejilla significa que algo se ha torcido, que la historia pinta fea y que está a punto de producirse algo importante. En este caso, la caída del rey de la hierba, el adiós contra todo pronóstico del suizo en los cuartos. Un petardazo como una catedral, porque solo los más osados, osadísimos ellos, contaban con el gigantón Kevin Anderson. A este le dio por reventar todos los esquemas. Remontó dos sets, una bola de partido y despachó al de Basilea de su jardín. En Wimbledon, de repente, un golpe de estado: 2-6, 6-7, 7-5, 6-4 y 13-11, después de 4h 14m. Contra cualquier tipo de lógica, Federer a un lado. Ko.
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