El Atlético, sobre todo defensivamente, es un conjunto de pecados veniales. Rara vez comete uno mortal y lo va a hacer en Anoeta, en un centro lateral y frente a un goleador de postín como Wilian José capaz de pecar a lo grande y a lo pequeño. Potencia, ubicación y oportunidad son sus tres virtudes personales. Y ocurrió que la enésima vez que Januzaj se fue rompiendo la cintura de Vrsaljko (no siempre el jugar cambiado de banda es un matiz que se supera con oficio) centró al área y como por arte de magia tres defensores rojiblancos le hicieron un rondo de coros y danzas para que el brasileño rematase desde exactamente desde el punto de penalti.
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