El Liverpool ganó la batalla por disuasión. Intimidó tanto al City en la primera oleada que inspiró en su rival una especie de resignación a la derrota. Sin apenas luchar. El líder de la Premier se dejó acobardar ante la impresión causada por el vigoroso equipo de Anfield. Una mezcla de ambiente eléctrico, un poco de tradición, llámese mística, una presión perfectamente organizada, y el martillo de una delantera en alza, empujaron a los jugadores visitantes a pensar que la derrota sería inevitable. Faltaban 70 minutos de partido y la impresión que proyectaba el City era la de un equipo derrotado. Un batallón rendido después de oír un par de tiros.
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