Quizá porque juega en un cuarto de campo y es tan tímido como humilde, no es fácil a veces detectar a Philippe Coutinho, ni para el rival ni tampoco para su propio equipo, salvo cuando arma la pierna para tocar o rematar, una suerte de la que carecía el Barça. No es un líder ni tampoco se camufla sino que el brasileño ha asumido su responsabilidad de forma progresiva, como si fuera un aprendiz, un buen chico en fase de crecimiento, nada que ver con el fichaje más caro —120 millones de euros más unos 40 de variables— en la historia del Barcelona.
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