El ciclismo es un deporte que solo se puede ver hablando. Muy poco de lo que se ve en las pantallas, la mínima parte de las más de cien acciones simultáneas que se suceden segundo a segundo en un espacio de más un kilómetro de carretera que se mueve a 40 por hora, es más que apariencia. Los aficionados y las gentes de las carreras –ciclistas, directores, mecánicos, periodistas—disfrutan más discutiendo por la noche y enterándose así de lo que ha pasado en realidad que delante de la pantalla. Dan otra vida a la carrera. Gozan del placer de desentrañar lo oculto, lo misterioso, sentir el clic que desencadena la acción. Otra apariencia, por supuesto.
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