Resulta misterioso el esfuerzo mental que empeñan los entrenadores en intentar que Romelu Lukaku no juegue de cabeza. Jurgen Klopp y su pelotón de analistas debieron emplear horas frente a las pantallas de sus ordenadores portátiles buscando alternativas que contrarresten al ‘nueve’ del United con un cabeceador equiparable que le gane por arriba cada vez que De Gea sacara de portería. Eligieron a Lovren. Un tipo duro, un malencarado de huesos agudos proclive a incrustarlos en los tobillos, las nucas y en los riñones de sus adversarios. Lo mejor que encontraron en la caja de herramientas de intimidación. Sin efectos apreciables. Lovren no le hizo ni cosquillas a Lukaku, que se llevó dos balones por arriba, reventó el clásico del norte de Inglaterra, y afirmó su equipo en el segundo puesto de la Premier a la espera del Sevilla en el regreso de los octavos de la Champions la semana que viene.
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